And nothing else matters
El jueves 7 de agosto nació Lucía.
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Bueno, el viernes nació Nicolás, nuestro segundo hijo. Y, como se podrán imaginar, aunque ya entré en la amansadora de dos horas de sueño por noche, la felicidad me desborda "más que a marcador de Palacio, neeene".
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Este año se cumplen 20 años de la fundación del Palermo FC (http://www.geocities.com/nosferatu1970/), gloriosa institución del fútbol amateur en la que uno todavía despunta el vicio futbolístico. Y el sábado último, es decir ayer, llegué a los 300 goles en 389 partidos, record que ambicionaba alcanzar -y por suerte lo hice- en el año del 20º aniversario. No fue de la manera en que quizás lo había soñado: léase, en un partido definitorio, por el torneo, o en un clásico. No sirvió para una victoria en el último minuto, ni tampoco para definir una final. Ni siquiera fue con el pie. Por el contrario, fue en un amistoso que surgió porque teníamos fecha libre. Partido que además perdimos. Y en una tarde en la que, sin temor a exagerar, jugué el peor primer tiempo de mi vida, por escándalo. Nunca, no me cabe duda, lo hice peor, tan definitvamente horrible, como en los primeros 45' de ayer. Todas mis intervenciones fueron nulas: paré mal la pelota, cuando quise gambetear me la sacaron siempre, me anticiparon siempre los defensores, erré todos los pases y, como si eso fuera poco, me comí dos mano a mano de esos que no te podes comer ni en el fútbol profesional, ni en el amateur, ni en ninguna variante que pueda existir. Realmente, al terminar ese primer tiempo, por primera vez en mi vida me pasó que me quería ir a la mierda. "Que entre otro, o que jueguen con uno menos que van a andar mejor", pensé. Para colmo, cuando salgo de la cancha, Iván, mi hijo de casi 4 años, mi hincha número uno, el mismo que siempre me pregunta cuántos goles hice, el mismo que siempre me pide que le dedique goles, me dice: "¡Papá! ¿Cuántos goles hiciste?".
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